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miércoles, 15 de marzo de 2017

EL UNO PARA EL OTRO (Prosa - narrativa) Parte 1°


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(Parte 1°)
Tras los arrecifes de mis vehementes anhelos, una luna embelesada de la blanca espuma que a su playa besa, se desvanece dejando espacio al crepúsculo que, con certeza natural y viviente acaricia los amarillentos musgos que habitan sobre los poros de roídas piedras, donde en los valles de acantilados verdes, el oro de los girasoles se han vuelto hacia el mar, y allí he puesto mis ojos, en ese horizonte cubierto de niebla; donde el trinar de grises gaviotas dan la bienvenida a la oscura silueta de un barco de velas. En él, en mis sueños he visto viajar a mi dulce doncella, desde lejanas tierras cargadas de polvo e historias, donde dicen que los duendes anidan en corazones ansiosos de pasión, donde el sol y la luna, bebedores de caricias y suspiros riegan la tierra con cantos de golondrinas, tierra donde el alma no conoce el sollozo, donde la tristeza no puede entrar en ningún corazón, porque allí, solo habita el amor.
El sol desangra minucioso sobre las cálidas y cristalinas aguas del viejo puerto de palos, se estremecen las vetustas maderas del casco, contra la dársena roída por la sal del tiempo, marineros que corren de un lado a otro amarrando al navío y, el grito de un capitán ordenando a su contramaestre bajar la escalinata, sobre el añoso desembarcadero.
Ansioso, el palpitar de mi corazón obliga a mis ojos, a buscar entre el gentío a mi dulce doncella. Siento en un instante que algo me ciega, el mágico resplandor de un blanco vestido cubría una pálida piel de seda, un largo y claro cabello se ondulaba al viento sostenido por un ornamental sombrero de paja rosada, sus labios color cerezos y la miel de sus ojos, me decían que era ella a quien mi esencia esperaba.
Me acerqué tímido, casi vergonzoso a extenderle mi mano ya madura cargada de experiencia, ella, sutilmente y con una dulce sonrisa entre las comisuras de sus labios, se aferró a mi mano sintiendo así el candor de su piel que mis poros absorbieron y entonces; mis brazos temblaron con sentimiento de abrazarla. Sus pupilas se habían clavado en mí y, desde el patíbulo de mis ojos se conjugaba una mirada embelesada de ambos. No pregunté su nombre ni ella el mío, solo sabíamos, por instinto, que éramos el uno para el otro…


Autor: Jorge Aimar Francese Hardaick
- Argentina - 14-03-2017
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